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El viento

29 mayo, 2020

El viento

El viento trajo riqueza a Troya. La frase está escrita en una placa a la entrada de las ruinas de donde se supone estaba erigida, hoy conocida como la colina de Hisarlik, en Turquía.

Siempre que hay viento pienso en esa frase y en lo relativo del significado de las palabras. En muchas situaciones el viento no trae riquezas, sino destrucción y muerte cuando llega en sus variedades más agresivas, como huracanes o tornados. Hay teorías que dicen que trae locura, provoca depresiones, dolores de cabeza o suicidios en esos lugares por donde pasa.

Llegado el verano del 2018, ya me había enfrentado a muchos vientos en el viaje. Transitando la famosa ruta 40 en Argentina rumbo a Ushuaia, voy sobre Atenea que parece un barrilete. Nos mecemos de un lado a otro de la carretera mientras tratamos de avanzar en línea recta, pero inclinados como en curva peleando al viento Pampero y sus 50 kilómetros por hora que nos ataca de costado.

Pero yo no soy Troya, así que lo sufro. Mi espalda va tensionada. Tengo que parar cada tanto para descansar los brazos. El pasar camiones no ayuda mucho, ya que el corte y el regreso de las ráfagas es peor que si fuese continuo. Hay más que un par de sustos al salirme de la carretera al arcén. Ni qué decir cuando vamos sobre ripio y una nube de tierra le agrega ceguera momentánea a nuestro desplazamiento sobre terreno movedizo.

Cada civilización de creencias politeístas ha tenido un Dios viento. Sus efectos, tanto malos como buenos, lo vemos en el día a día. Levanta faldas en la calle. Despeina a las personas al salir de la peluquería. Tira macetas de un balcón. Nos arroja arena a los ojos en la playa. Hace volar las sábanas que acabas de colgar. Alguien se empapa bajo la lluvia porque su paraguas se volteó. En muchos lugares, los alambrados al costado de la carretera están cubiertos de bolsas de plástico que han volado desde los basurales. El viento también erosiona, modifica los relieves. Poliniza. Genera electricidad.

En las películas de terror el viento es actor principal, se mete por las rendijas de una casa destartalada y golpea puertas y ventanas. Agita las cortinas. Un gato sale corriendo. Mueve la veleta oxidada. Nos inocula espanto y, junto a la música, ayuda a generar una sensación de desasosiego, agobio y sobresaltos. El aire, la materia prima del viento, entra en nuestros pulmones y sale despedido en forma de gritos cuando nos asustamos.

En verdad -sobre la moto y con vientos tan fuertes- me siento vulnerable como hielo sometido al fuego. Me gusta sentir esa fragilidad. Avanzo. Recorro la Patagonia Argentina. Y pienso en Ulises, que en su odisea de regreso es obsequiado por Eolo con un saco que encerraba todos los vientos, excepto el que lo llevaba a casa. La codicia de unos marinos desató la bolsa y los liberó. Ulises, entonces, tuvo que seguir enfrentando enemigos. En mi viaje en moto yo también tengo a mis adversarios, algunos reales, otros imaginarios.

Así que me digo: sé como Ulises. Confía en Atenea y fluye con el viento.

 

 

  1. Sole dice:

    Este latir acelerado pero sin prisa. Crisálida soñando con ese preciso momento en que su cuerpo se liberada de tensiones, miedos, pronósticos de todo tipo…., y se larga a volar!!!! Existen sensaciones muy profundas en los recorridos que deseamos y que hacemos. Y siempre el viento es una de ellas….
    Acaricia. Me tumba!!! Me levanta!!! Abraza. Detiene. Empuja. Transporta.
    No deja ver.
    Abre espacios. Nubla. Acelera. Me lleva….. Me deja….. Viene/se va, se fue.
    Vuelve???… No lo sé.
    Vuelve!!!!! Y ahora…
    Libera. Nos rebela.
    Somos vientos corpóreos y eternamente enredados con nuestros sueños.

    (me encantó leerte, tamb!!!!)

  2. Laila dice:

    Hermoso!

  3. Aylaluz dice:

    Excelente Walter!
    Aprendí a fluir como el agua, desde hoy sumaré mi fluidez también al viento. Leerte es un placer.
    Disfruta del camino, viajero.

Los comentarios están cerrados.

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