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Atenea juega a los bolos con una oveja rusa

6 julio, 2015

Atenea juega a los bolos con una oveja rusa

Querer recorrer la espectacular carretera militar georgiana, que parte desde la capital hacia el norte atravesando el valle Terek y el cañón del río Baidarka, me obliga a pasar por el único paso posible entre Georgia y Rusia. Con históricas tensiones entre ambos países, el cruce es más lento de lo normal, con infinitas colas de camiones y coches esperando. Y hoy se ha complicado todavía más porque el sistema informático de registros se ha caído. Tardé unas 6 horas en cruzar, pero la atención de los guardias siempre fue amable y muy correcta.

Al viajar en moto y ser una excepción a la mayoría de las personas de los países de la antigua Unión Soviética despierto simpatías. Atenea además va levantando miradas y saludos a su paso la muy coqueta. Incluidos los gestos en los interminables controles policiales a lo largo de Chechenia para que pare y muestre los documentos, bajo miradas suspicaces. Así que aunque me quería quedar en Grozny, la capital, decido que seguiré circulando hasta salir de la región, ya que los controles se hacen tediosos.

Pero a unos 20 kilómetros del destino, después de una curva, me encuentro un rebaño de ovejas descontrolado corriendo para todos lados. Mientras trato de frenar, comienzo a esquivarlas una a una, como si se tratara de un videojuego, hasta que llego a la descarriada. Siempre tiene que haber una en todas las familias, lo que no sé es por qué les llaman ovejas negras, ya que ésta era blanca.

La oveja cambió su trayectoria y ya no pude hacer nada. Si jugara a los bolos, hubiera sido un strike.

Yo ya me imagino lo peor. Me levanto del suelo, pero la oveja ha desaparecido, y ya han parado algunos coches. La gente corre a ayudarme a levantar a Atenea, y la ponemos en un costado. Yo estoy bien, así que reviso rápidamente la moto y todo parece estar correcto, salvo que el freno delantero no funciona.

Así que decido continuar avanzando lentamente, utilizando solo el freno posterior. A ver cómo me las apaño para frenar cuando me paren en un control policial. Recorrer estos 20 kilómetros a la velocidad que voy, es mucho tiempo para ir pensando posibles soluciones. Reviso mentalmente el libro de frases en ruso que me he traído tratando de recordar si dice algo de reparaciones o solo tiene frases de hoteles, comidas y aeropuertos.

Y los controles policiales, esos que venían incordiando el viaje, fueron mi salvación. Porque al mismo tiempo que me paran a mí, al otro lado de la carretera paran a otro motero. Veo que no lleva equipaje, así que tiene que ser local. Lo abordo, y con esos gestos de complicidad por compartir una pasión, le muestro el freno y le hago señas de mecánico. Coge su teléfono para hacer una llamada. Me parece entender algo de motocicleta, español y mecánico. Me invita a seguirle.

Llegamos a casa de Makash, presidente del Club motero Águilas Negras de Kyzlyar. Me recibe como si fuera un hijo o un amigo desde hace mucho tiempo. Me hace entrar la moto a su garaje y me señala una habitación haciendo señas de dormir. Me muestra el baño y me hace señas de ducha. Finalmente, mientras me muestra orgulloso la bandera del Club de moteros, me dice “sin problemas”. Todo esto en ruso, claro. Después llegan sus amigos, Eric y Stanislav, quien me ayuda en la reparación de la moto.Y así es, sin problemas, y con un todo incluido por parte del Club al que Atenea ya puede frenar, y está lista para continuar el viaje.

Posteriormente, mientras avanzo en la ruta, entiendo el por qué de la espantada del rebaño: en esta zona utilizan motos o camionetas para arrear el ganado.

Ahora solo espero que la próxima oveja que me cruce de frente sea en mi imaginación mientras las cuento para dormirme.

PD: Este es es el último post que publico puntualmente cada martes. A partir de ahora lo haré cuando tenga acceso a Internet.

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