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Ay querida, gracias por invitarme a cenar

29 junio, 2015

Ay querida, gracias por invitarme a cenar

¨Ay querida, gracias por invitarme a cenar. Pero esta ha sido la peor cena de mi vida¨.

Escucho esta conversación entre dos mujeres dentro del ascensor que me devuelve a la planta baja de un restaurante que una guía de viajes recomendaba, tanto por su comida como por las vistas a la ciudad, y por lo cual una de ellas iba a enviar una carta de reclamación por sentirse defraudada y timada.

La verdad es que yo sólo me asomé a la puerta del restaurante y no llegue a probar la comida, porque los precios no eran baratos como la guía había comentado y las vistas de la ciudad no eran tales.

Cuando viajaba de mochilero, hace varios años atrás, casi no existía Internet. Así que me había comprado una Lonely Planet de Sudamérica, y lo que más utilicé fueron sus mapas y la información sobre costumbres culturales. Posteriormente, con los años, utilicé guías de otros países que, junto a lo anterior, me sirvieron para utilizar la información sobre el idioma.

Pero hace tiempo que ya no compro guías. Ahora puedo ver los mapas en Internet, y además, uso el móvil como GPS cuando tengo WiFi o llevo los mapas de carretera en papel de los países que voy recorriendo.

Y esto es algo que siempre me llama la atención: el uso de las guías como si de un libro sagrado se tratara, donde hay que seguir a pies juntillas todas las actividades que dice que hay que hacer o comer en los restaurantes que menciona, porque sino una maldición nos caerá encima y no podremos recuperarnos nunca más.

Por suerte para esas maldiciones existen otros antídotos en sus páginas, como lanzar monedas en las fuentes, cruzar puentes, tocar estatuas con poderes mágicos, meter el dedo en alguna columna y pedir un deseo, y más ritos o costumbres para conseguir salud, dinero o amor. Y, de paso, regresar alguna vez a la ciudad y que además nos perdone la guía mágica.

Reconozco que, ante la duda he hecho alguna de las anteriores. No vaya a ser que alguna amenaza se ciña sobre mí por no hacerlo. Así que un día, mientras estaba en el hostal, me dio por ojear una guía y ver lo que decía sobre el lugar que visitaría pronto.

Comentaba de una de las ciudades que era fea y aburrida y de la otra decía todo lo contrario. En la ciudad que supuestamente era aburrida y fea, me encontré a muchísima gente disfrutando de la vida, caminando por la vera del lago, patinando, niños jugando en bicicleta y muchos disfrutando de un té o café acompañado de un pastel. En la otra, me sentí como si me encontrara dentro de un centro comercial.

Y es que la apreciación de que es bonito o feo, divertido o aburrido, sabroso o soso, es totalmente personal. Esto depende de muchos factores y de los gustos subjetivos de quien escribe o comenta sobre determinado lugar. Creo que, a veces, las recomendaciones en las guías hacen daño. Algunos lugares que eran más auténticos comienzan a cambiar ante la avalancha de turistas y para agradar a los visitantes pierden esa esencia que los hacía ser únicos.

Igualmente, yo, por las dudas, estoy practicando cada día saltar sobre la pierna derecha, mientras con la mano izquierda me toco la oreja derecha. Y todo esto mientras mantengo una cuchara en la boca con un huevo sin que se caiga. No vale pegar el huevo a la cuchara.
Leí eso en alguna guía, y que si lo haces, tendrás suerte, y conseguirás que un grupo de gente te observe y llame a unas personas vestidas de azul y otras con delantales blancos que te darán alojamiento y comida gratis por tiempo indeterminado.

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