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Cuando por compañía no tienes ni a tu sombra

9 septiembre, 2015

Cuando por compañía no tienes ni a tu sombra

Una vez cruzas la frontera al entrar en Mongolia, hay una señal de stop. Una de las pocas señalizaciones de tránsito que veré a lo largo del recorrido hasta llegar a la capital, Ulan Bator.
Una mujer sale corriendo de una caseta medio destartalada haciendo gestos para que me detenga. Tengo que pagar dos impuestos; un seguro para la moto -que de los 50 dólares originales termino pagando 10- y otro de 5 dólares por el derecho a conducir por las carreteras mongolas -y es innegociable-.

A esta última petición sigue una carcajada mía, que debe haber despertado en su tumba a Genghis Khan, y a la cual acompaña un gesto de complicidad de la señora. Pero no hay nada que hacer, aunque tenga mi pasaporte y documentos en regla. Sin pagar no puedo seguir adelante.

Unos días antes de esta situación utilicé mi táctica del sueño y la libreta. Ésta consiste en que cuando tengo algún problema o necesito tomar una decisión importante, y el tiempo no apremia, suelo tomarme la noche para pensar. Esto no significa que me quede toda la noche despierto, sino que me acuesto y me duermo con el problema en la cabeza y una libreta de apuntes al costado de mi cama. En este caso le habia agregado el mapa de carreteras de Mongolia. Casi siempre se me ocurre una idea para enfrentarme al problema o tomar una decisión.

Mongolia tiene dos caminos principales, a los cuales llaman literalmente carretera norte o carretera sur, y otros cientos de caminos centrales. Una de las decisiones que tenía que tomar era por cual de las dos optar. Los dos son caminos solitarios. En los dos hay ríos que cruzar. Así que decidí recorrer un poco por el centro de las dos carreteras hasta llegar al Lago Uureg, y luego bajar hasta encontrar la carretera sur que pasa por la parte superior del desierto del Gobi hasta Ulan Bator. De ahí en adelante, haré un poco de carretera norte hasta llegar a Rusia.

Ahora me encuentro en Ulan Bator tras más de cuatro meses de viaje. En estos últimos 15 días el camino ha sido especialmente duro. Ya hace frío, llueve y esto hace difícil el manejo de la moto porque hay muchas partes que son arena o tierra y requieren destrezas de conducción que estoy desarrollando mientras avanzo, a base de prueba y error.
Mongolia además para la mecánica de la moto es extrema debido al estado de la pista, pero Atenea se está portando muy bien. Ha estado bailando sobre las rocas, la arena y el barro, aunque a veces, por suerte pocas, se ha mareado y caído. Así que en lo que estoy haciendo un máster es en el levantamiento de la moto, cuando una piedra traicionera, un banco de arena o el barro me hacen caer. Cada vez lo hago más rápido y creo que podré anotarme pronto en algún concurso de hombres forzudos.

Los paisajes mongoles, sus planicies interminables atravesadas por caminos, donde cada coche, camión o moto, dibuja su propio carril son imponentes. Recorrerla en la moto está siendo un privilegio y realmente un placer. Sin embargo, Mongolia es el segundo país con menos densidad de población del mundo y a lo largo de muchos kilómetros las carreteras son completamente solitarias y es difícil cruzarse con alguien, salvo algún pastor con sus ovejas, grupos de camellos o caballos. El cruce ocasional con vehículos, algún mongol que circula alegremente en una de las motos chinas que circulan a una velocidad endiablada llevando a toda su familia. O algún niño o niña que sale corriendo de su Ger para saludar o pedir una chocolatina, cambian la rutina solitaria del viaje.

La única compañía que tengo mientras recorro las distancias entre los pequeños pueblos separados por 200 o 300 kilómetros son mis pensamientos. Por ello intento que éstos sean positivos. El interminable traqueteo del camino, que parece hecho por un tanque de guerra. U observar a los costados restos de vehículos, cubiertas reventadas y pedazos de suspensiones, sin rastro de vida hacia delante del horizonte, va haciendo mella.

De las docenas de rastros que forman la carretera, parece que siempre elijo el peor. Pero al cambiar al siguiente me doy cuenta de que no es así. A veces observo a la derecha o a la izquierda y veo a unos 500 metros un vehículo va muy rápido, y pienso que la ruta verdadera es aquella y no la que estaba siguiendo. Es muy fácil salirse de la pista que parece ser la principal, ya que no hay carretera, sino huellas dibujadas en el terreno; hay que tener claro a qué punto cardinal te diriges y avanzar entre piedras, arena y barro.

A lo largo del camino me he encontrado con pequeños recorridos con asfalto cortados abruptamente, como si estuvieran siendo pavimentados kilómetro a kilómetro con cada billete de 5 dólares del impuesto de la frontera.

Los últimos 500 kilómetros hasta Ulan bator están asfaltados en continuo. Y es aquí donde encuentro a todos los vehículos y personas que no he encontrado a lo largo del viaje y donde me enfrento a un embotellamiento kilométrico.

Y mi pensamiento me lleva a las planicies mongolas nuevamente.

En la estepa y en el desierto, no hay atascos.

  1. Esteban dice:

    Abrazo Walter!!! Disfrute Maestro disfrute!!!

  2. eayala dice:

    Te seguimos en la ruta Walter! vaya con cuidado
    Saldos desde Perú

  3. Marcelo Colalongo dice:

    Walter…Además de excelente fotógrafo….excelente pluma…!
    Muy buen relato….! Es…..estar ahí!
    Buenas rutas!
    Abrazo grande ! Desde Neuquén.

  4. Moni dice:

    Eres un VALIENTE!!! Disfruta del camino..

  5. Margarita Candil dice:

    Enhorabuena por ese maravilloso viaje!!!!…en esas imponentes planicies y paisajes se encuentra la libertad de uno mismo. Gracias por contar tus experiencias , para que disfrutemos contigo.

  6. Teresita González dice:

    Fuerza Walter! Estas haciendo realidad tu sueño!, me acuerdo de lo que decias cuando estuviste por Paraguay que querías recorrer el mundo y tantos caminos has recorrido desde aquellos tiempos y tantos premios. Te acompañamos virtualmente. Saludos!!

  7. Dámaris y Juan dice:

    Llega el otoño a Madrid, y nos acordamos de que ya debes estar bien abrigado allá, pero por si no es suficiente, te mandamos muchos abrazos y te acompañamos en la soledad de la estepa.
    Beso grande

Los comentarios están cerrados.

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