Close

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario.

Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies.

Contribute

Infranqueable Birmania (II) El show de Truman

20 abril, 2016

Infranqueable Birmania (II) El show de Truman

A medida que avanzabamos por Birmania, la bienvenida en cada parada, hotel o restaurante, era con una sonrisa o con ojos curiosos y reservados pero con gestos amables.

Comentaba en el post anterior que viajar en grupo me permitió un margen mayor de movimiento ya que no todos los vehículos iban a la misma velocidad. Y en las zonas turísticas nos permitieron ir un poco más a nuestro aire. En mi caso quería creerme la sensación de mayor libertad, pero el guía me explicó que en verdad no estábamos tan libres; la policía conoce nuestro recorrido y hay muchísimos informantes del gobierno a lo largo del camino.

Al escuchar esto pensé que era como Jim Carrey protagonizando la película de El Show de Truman, donde todos saben quien eres y dónde estás, pero tú no eres consciente de ello.

A partir de ese momento comencé a prestar más atención a mi alrededor, jugando a ver si podía identificar a algún informante. De pronto imaginé que estaba rodeado de actores y figurantes interpretando las vidas de personas y sus actividades en los pueblos que recorríamos.

La conversación la tuve mientras esperábamos al resto del grupo a la entrada de la nueva capital Birmana, Naipyidó, ya que la circulación hasta el hotel la debíamos hacer escoltados por una pareja de policías en sus motos, como si se tratara de la visita oficial de un jefe de Estado.

Así, mientras avanzabamos por esta nueva metrópolis, construida desde cero en el medio de campos de arroz y caña de azúcar a más de 300 kilómetros de la antigua capital, Rangún, me sentía en una ciudad fantasma. A nuestra derecha e izquierda emergían inmensos hoteles, edificios que parecen centros comerciales, glorietas con flores gigantescas de cemento y en vez de ir en fila vamos lado a lado ocupando el ancho de las avenidas de ocho carriles que frente a nosotros se presentan como largas carreteras donde podría aterrizar el avión de pasajeros más grande del mundo.

Lo único que nos cruzamos a lo largo del recorrido hasta el hotel fueron un par de patrulleros que parecían cortar el tráfico. Pero lo más bizarro de la situación es que no hay coches, no hay gente, es como entrar en una ciudad donde los extraterrestres acaban de abducir a todos sus habitantes y a sus respectivos vehículos. Lo único que hay son barrenderos caminando por parejas limpiando las impolutas calles o pequeños grupos de trabajadores, apilando ladrillos con sus manos desnudas, en contraste el trabajo manual con lo moderno de la ciudad. La construcción de la ciudad continúa.

El control sobre qué hacíamos o dónde íbamos era muy evidente mientras estamos en Naipyidó. La policía hacía fotos de nuestras motos y nos acompañaban mientras hacíamos cualquier visita incluso a una pagoda.

Llegado hasta aquí, si me preguntaran si cruzaría Birmania otra vez como lo he tenido que hacer, diría que sí, pero porque es la única forma posible con vehículo propio. Valió la pena, aunque pudiera ver muy poco el país. Pero me queda una sensación de frustración y muchas ganas de poder experimentar, disfrutar y fotografiar como había estado haciendo en los anteriores países.

Las etapas diarias del tour son bastante ajustadas y casi no queda tiempo libre en cada destino a los que vamos llegando, salvo en las zonas más turísticas como Bagan, Lago Inle o Mawlamyine donde nos quedamos dos noches en cada sitio.

Los recuerdos que quiero mantener de Birmania, son los breves momentos en algunas de esas paradas repentinas en solitario en un pueblo en el medio de la nada, sin el guía o delegada del gobierno alrededor. O de las familias que me atendieron en su locales que me sonreían y me acercaban el plato de comida con muchísima amabilidad.

 

 

. .