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Puentes y raíces

30 enero, 2016

Puentes y raíces

El pueblo Kashi ha guiado pacientemente durante años las raíces aéreas de las higueras para fabricar puentes sobre los lechos de los ríos y así comunicar una orilla con otra.

Para encauzar las raíces en la dirección deseada, utilizan troncos huecos del árbol de nuez de betel cortados por la mitad. Las raíces finas y tiernas de las higueras se han ido enredando hasta llegar a la otra orilla y penetrado la tierra para terminar conformando un robusto puente viviente. Este proceso, que puede llevar entre 15 y 20 años, se completa rellenando los huecos entre las raíces con palos y piedras para darle más seguridad a las personas que los atraviesan. Algunos de estos puentes tienen hasta 500 años de antigüedad.

Me encuentro en la localidad de Cherrapunji, en el este de la India. La carretera que recorro con Atenea hasta los pueblos donde se encuentran estos puentes colgantes  serpentea entre montañas con precipicios a su costado. Imagino unas vistas vertiginosas y espectaculares, pero me encuentro en uno de los lugares más húmedos del planeta, donde se registran las mayores precipitaciones anuales en el mundo. A pesar de que nos encontramos en la estación seca, parece que alguien en el cielo se olvidó de cerrar el grifo.

Una vez aparco la moto, y mientras avanzo con esfuerzo por un sendero de cemento que asciende y desciende en forma de escalera a lo largo de 4 kilómetros en medio de la jungla, voy repasando los casi tres meses que he pasado en India.

Han sido tan intensos que parece que ha sido mucho más tiempo. Los que me conocen o me han escuchado en una charla alguna vez, saben que tras haber realizado parte del proyecto de violencia contra la mujer aquí, no es uno de mis países favoritos. Pero así y todo, había decidido darle una segunda oportunidad y de paso visitar a muy buenos amigos que tengo en el país. Ha habido algunos momentos en que me he preguntado a mí mismo el por qué de haber regresado y aún no tengo una respuesta inteligente a tan tonta pregunta.

Una de las cosas que más me fascinaron estos meses viajando con la moto fue poder recorrer lugares menos turísticos y poder ver así otras cosas que no conocía. Los paisajes en India son espectaculares, aunque me quedé con ganas de conocer la cordillera del Himalaya por encontrarme a las puertas del invierno y las carreteras estaban cerradas.

Las personas que me he encontrado en el camino han sido siempre muy amables. También he sido parte del deporte nacional, que no es el cricket, sino observar al otro.

Ese otro que es observado y se transforma en la atracción del lugar a veces soy yo mismo, apareciendo en muchos momentos posando con gente que me pide hacerse fotos con la moto. Ponerme a hacer algún pequeño mantenimiento, acomodar el petate en la moto o detenerme un momento en la carretera a beber agua, es una llamada automática para que la gente se acerque lentamente en silencio, y hasta con timidez, para rodearme completamente en grupos de 20, 30 o hasta 50 personas. Algunas veces me observan de pie, mascando nuez de betel y con ojos curiosos siguen cada movimiento que hago dejándome poco espacio para moverme.

Por desgracia también hay cosas que he visto y a las que sigo sin poder acostumbrarme, aunque algunas no son propiedad exclusiva de India. Las violaciones de derechos humanos básicos son muy visibles, pero a pocas personas parece importarle.

Por ejemplo, que en muchos lugares haya un niño o niña trabajando, limpiando o lavando. Que en un parque de atracciones un niño trabaje empujando una calesita donde están subidos otros niños. O que criaturas de entre 6 y 10 años hagan malabares de circo que lleva años dominar. India tiene el dudoso honor de contar  con el mayor número de niños trabajadores menores de 14 años en el mundo. Al menos 12,6 millones de ellos practican ocupaciones peligrosas, según UNICEF.

Que conductores de ciclorickshaw de edad avanzada carguen cajas o pasajeros que les duplican en peso, calzados con apenas unas chanclas. Muchos de ellos tienen los pies lastimados y pedalean día y noche con sus cuerpos prácticamente esqueléticos esquivando otros vehículos que no los respetan.

Que en algunos hoteles los empleados duerman en los descansos de las escaleras o en el mismo suelo de la recepción. O que cientos de personas vivan literalmente en la calle, porque han emigrado del campo a la ciudad respondiendo a la llamada del progreso, pero sólo han terminado siendo parte de él ayudando a construir una autopista o un nuevo edificio.

No dejo de preguntarme por qué clase social, sexo, religión o nacionalidad son tan importantes para definir la forma en que nos tratamos unos a otros, cuando el razonamiento humano y la empatía debería prevalecer sobre la discriminación y el abuso.

Por qué no utilizamos nuestro conocimiento y nuestro supuesto raciocinio e inteligencia en la construcción de puentes vivientes educando a los niños y niñas en el respeto, para que podamos comunicarnos con otras culturas. Así eliminaríamos esas grietas que nos separan cada vez más y nos llevan a autodestruirnos.

 

 

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