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Una Muerte Dulce

3 enero, 2016

Una Muerte Dulce

“Echaba de menos este olor dulzón de Delhi”, dice mi amiga Elena, sin inmutarse. Su novio Víctor y yo nos miramos atónitos, ya que justo cuando termina de decir la frase, un olor a cloaca impregna el aire dentro del autorickshaw al atravesar un río de agua putrefacta.

India tiene el dudoso honor de poseer varias ciudades en la lista de las más contaminadas del mundo – según la OMS su capital, Delhi, ocupa el primer lugar- y en los telediarios forma parte del servicio meteorológico anunciar el nivel de polución en las principales metrópolis del país.

Desde que he llegado a India, algunas veces me envuelve una neblina que pienso que desaparecerá con la salida del sol. Sin embargo, por desgracia esa bruma es contaminación y me acompaña durante toda la jornada haciendo la conducción con la moto más peligrosa por la falta de visibilidad.

A la contaminación del aire hay que agregarle que caminar por algunas de sus calles es como si lo hiciéramos sobre un campo minado, pero por excrementos de vacas, perros y seres humanos. Según la OMS, casi 600 millones de personas en India no tienen acceso a letrinas y hacen sus necesidades en la via pública o en descampados, agregando otro tipo de contaminación: la olfativa.

El Gobierno, en su afán de tratar de reducir la práctica de orinar en los espacios públicos, ha comenzado recientemente a pintar imágenes de dioses en las paredes para que quien intente hacerlo se vea intimidado al ser observado por Shiva o Hanuman – dos de los dioses venerados por los hindúes-. Además, el primer ministro Narendra Modi ha propuesto el reto de limpiar India y construir alrededor de 120 millones de letrinas para el año 2019, cuando se cumplen 150 años del nacimiento de Mahatma Gandhi, para quien el saneamiento era más importante que la propia independencia.

Hablando sobre este asunto con Elena, me contó que en la ciudad de Mumbai hay un grupo autodenominado “El Indio Limpio” que recorre las calles en un gran camión cisterna amarillo empleando un cañón de agua a presión contra los que están orinando en la via pública.

 

Por suerte cuando voy viajando en la moto a los aromas anteriores se le unen otros más agradables. Por ejemplo, el olor de los mercados, condimentos, comida, tierra mojada, los inciensos que los fieles ofrecen a sus dioses como ofrenda, o las flores de algunos hogares.

La contaminación es un problema global, como muestra la última reunión entre los 195 países reunidos en París contra el calentamiento global. Pero me temo que los esfuerzos serán papel mojado si no tomamos conciencia de la situación en la que nos encontramos.

Cuando leo que se considera que la economía de un país va mejor porque ha aumentado el número de vehículos vendidos, realmente me pregunto si el periodista que ha escrito esa noticia está haciendo su trabajo o le pagan para hacer márketing a las empresas automovilísticas. Porque a cuanto más vehículos hay, más embotellamiento, más bocinazos y más estrés.

Igualmente el principal problema que se desprende de esto son los gases de los vehículos que sumados a los de las fábricas, ayudan a formar esa cúpula de polvo de color marrón o gris que se observa desde fuera de las grandes ciudades.

Al llegar a mi destino, cuando me quito el casco y me veo reflejado en el retrovisor, me siento más que un viajero el trabajador de una mina de carbón o un mapache. Después, al ducharme, el agua que cae cristalina sobre mi cabeza cambia a color negro cuando llega a mis pies.

Así, mientras por un lado avanzamos a nivel tecnológico, por otro retrocedemos a nivel medioambiental, acercándonos vertiginosamente a una muerte dulce.

 

  1. juan dice:

    animo!!!

  2. Brais dice:

    Me parto con el camión del pis. Muy fan!

Los comentarios están cerrados.

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